Monday, November 14, 2011

Miserable


El sábado pasado fuimos con papá a almorzar a una parrillada cerca de casa. La comida, bien, el servicio, mal. Creo que estuvimos media hora para que nos trajeran la cuenta que pedimos tres veces (¿nos estarían enviando un mensaje?).
Pero lo más divertido llegó de la mesa de atrás. Un hombre mayor, de unos 60 años, comía solo su vacío –a punto- con papas fritas y una botellita de agua con gas. Tranquilo, a su ritmo, el veterano fue dando cuenta de la carne, las papas, el pan y los aderezos de parrilla que venían con la comida. También tomada de su agua. Cuando terminó con la última papa que frotó por el plato como si éste le hubiera pedido que lo rasque indefinidamente, llamó al mozo y pidió la cuenta.
Cuando el muchacho se alejó, tanteó el bolsillo en el que tenía la plata. Miró el vaso con agua. Tomó un trago. Y como todavía quedaba agua en el vaso (menos de 1/5), abrió la botellita de 500ml y vertió el contenido del vaso. Cerró la botella y se cruzó de brazos, esperando por la cuenta. Y esperó. Y un poco más. Y comenzó a mirar el vaso y la botellita seguido. Giró la cabeza hacia la caja para ver si podía descifrar qué pasaba con la cuenta que no llegaba. Entonces desató el nudo de sus brazos, volvió a mirar a la botellita, la abrió, la sostuvo y se sirvió con mucha cautela. Conforme, volvió a cerrarla, con fuerza. Esperó a que el mozo regresara con la cuenta. Cuando éste dejó el sobre y se alejó, contó la plata dos veces mirando el recibo y dejó la plata dentro del sobre de cuero, sobre la mesa. Respiró hondo y bebió el trago de agua que quedaba. Tomó la botella de plástico, se paró, abrió el sobre de cuero, revisó con la vista el contenido y lo cerró. Se acomodó el cinturón y se fue a pie.

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